Juan Antonio González
Doctor en Ciencias Biológicas
En 2006, un estudio pionero de Juan L. Minetti y Juan A. González (El cambio climático en la provincia de Tucumán. Sus impactos, publicado por la Fundación Miguel Lillo, Serie Conservación de la Naturaleza) advertía que Tucumán ya estaba experimentando un cambio climático caracterizado por la “tropicalización” del clima: más lluvias, mayor nubosidad, noches más cálidas y una creciente frecuencia de eventos intensos. Casi dos décadas después, esa advertencia no solo se confirma, sino que se vuelve parte de la vida cotidiana de la provincia. El trabajo identificaba un punto de inflexión a partir de la década de 1950, cuando comenzaron a aumentar las precipitaciones y los eventos extremos en el Noroeste Argentino. En Tucumán, implicaba el paso hacia un clima más húmedo, con suelos más frecuentemente saturados y condiciones propicias para inundaciones.
Hoy, los datos actuales refuerzan ese diagnóstico. En los últimos años, las lluvias en el norte argentino han superado los promedios históricos, con episodios de gran intensidad y distribución irregular. A esto se suma una mayor variabilidad: períodos de exceso hídrico pueden ser seguidos por déficits en cuestión de semanas. El clima ya no responde a patrones estables.
El estudio de 2006 advertía que el aumento de precipitaciones, combinado con la expansión agrícola y la pérdida de cobertura vegetal en diferentes lugares de la provincia generaría un “cóctel explosivo”. Hoy esa combinación se expresa con claridad: suelos saturados, escorrentía acelerada y crecientes e inundaciones más violentas.
Las consecuencias ya son visibles en múltiples dimensiones. En primer lugar, en el plano hídrico, se incrementan las inundaciones, los aluviones y los desbordes de ríos, con daños recurrentes en caminos, puentes y zonas urbanas. La combinación de lluvias intensas y suelos saturados favorece además la remoción de sedimentos en zonas de montaña, afectando al pedemonte tucumano. Los efectos sociales también son preocupantes.
En segundo lugar, en el sistema productivo, si bien el aumento de agua permitió en su momento la expansión agrícola hacia zonas antes semiáridas, hoy también genera efectos adversos: erosión de suelos, pérdida de nutrientes, mayor dependencia de fertilizantes y problemas asociados al exceso hídrico como anegamientos y asfixia radicular. A esto se suma la proliferación de enfermedades fúngicas y bacterianas en varios cultivos. ¿Habrá que utilizar más pesticidas en estos casos? Además, la disminución de heladas mas una menor amplitud térmica puede inducir floración y reducir la producción de azúcares en los cultivos de caña en toda la región. Esta es una relación directa entre efectos del cambio climático y economía.
Inundaciones, sequías, crisis económica y muertes: cómo es vivir en el país más afectado por el cambio climáticoEn tercer lugar, el impacto ambiental es profundo. La expansión de la frontera agropecuaria redujo significativamente la cobertura vegetal, debilitando la capacidad natural de regulación del agua. La deforestación en zonas clave, especialmente en las nacientes de ríos, aumenta la escorrentía superficial y agrava las crecidas. En paralelo, se observan cambios en los ecosistemas, con posible desplazamiento de especies hacia mayores altitudes y hasta una mayor instalación de especies invasoras (animales y plantas).
Obras públicas
También hay efectos sobre la infraestructura y la organización del territorio. Muchas obras públicas —alcantarillas, canales, rutas y diques— fueron diseñadas bajo condiciones climáticas distintas. Hoy enfrentan lluvias más intensas y frecuentes, lo que incrementa su vulnerabilidad y acelera su deterioro.
En el plano social y sanitario, el nuevo escenario climático también plantea desafíos. El aumento de la humedad favorece enfermedades, y a su los cambios térmicos —con noches más cálidas y menor frecuencia de heladas— modifican tanto los ciclos productivos como las condiciones de confort humano.
Finalmente, incluso en términos hídricos más amplios, aparece una paradoja: hay más agua disponible, pero peor gestionada. La pérdida de cobertura vegetal y la alteración de los suelos reducen la capacidad de infiltración y regulación, afectando tanto la calidad como la disponibilidad efectiva del recurso.
Alerta sanitaria: el cambio climático dispara nuevas enfermedades en TucumánEn definitiva, lo que en 2006 se describía como una tendencia emergente, hoy se manifiesta como una realidad consolidada: Tucumán es más húmedo, más variable y más vulnerable.
La lección es clara. Las lluvias intensas no pueden evitarse, pero sus consecuencias sí pueden gestionarse. Esto requiere planificación territorial, protección de cuencas, recuperación de la cobertura vegetal y adaptación de la infraestructura a un nuevo régimen climático.
Ignorar estas señales no es una opción. Porque el cambio climático en Tucumán ya no es una hipótesis científica: es un hecho presente que exige decisiones urgentes.